Fundación José García Jiménez acogió de nuevo el pasado jueves 14 de enero un café-tertulia con el objetivo de continuar con el debate de los movimientos de Vanguardia (la última cita tuvo lugar el pasado jueves 18 de diciembre de 2008). En la anterior sesión los contertulios planteaban, sin llegar a un claro acuerdo, el elitismo de las vanguardias, la necesidad en el panorama cultural actual de un soporte teórico que acompañe a la obra, el posible mal uso de los códigos y lenguajes como problema de comunicación entre el artista y el espectador, así como una masa menos interesada por el arte, bien por no comprender o bien por no estar preparada o dispuesta a reflexionar.
Desde este punto se retomó el debate en el segundo café tertulia, en el que se cuestionó de forma clara y desde distintos prismas el lenguaje y sus códigos como problema en el arte de hoy en día. La raíz común que abrazaban todos los contertulios era, evidentemente, que el mensaje debe llegar al público ya que la obra no es del artista creada por y para el propio artista; pero ¿debe llegar a todo el público? ¿Debe ser el fin último del artista que todo el mundo pueda entender su obra? Encontramos, como hemos comentado al principio, posturas enfrentadas que podríamos dividir en dos líneas de argumentación.
Por un lado se encuentran los participantes que defienden que el artista sí tiene la obligación de que el mensaje llegue a cuanta más gente mejor, y de que quizá haya que asumir la realidad de que ya no se usan códigos universales y por eso no hay una masa que lo entienda. ¿Ya no se usan códigos universales o es que no hemos sido educados en los códigos? ¿Debemos modificar los códigos actuales o educar a la gente estos nuevos lenguajes?
Por el otro lado se encuentran aquellos que opinan que el problema no está en el lenguaje porque la gente, la masa, nunca va a estar preparada para entenderlo. Ni siquiera, señalan, se puede educar a la gente porque ni siquiera les interesa. ¿Quién va a los museos? ¿Quién se acerca a conocer y a reflexionar sobre lo que se le ofrece? La respuesta es muy pocos. La respuesta es a los que de verdad ya les interesa el arte.
Esta discusión se enmaraña de forma inmediata con la necesidad de llegar a un punto en común entre los contertulios acerca de cómo se ‘ve’ el arte. ¿El arte es concepto o emoción? ¿Se entiende o se siente? De nuevo dos subgrupos con posiciones enfrentadas, de nuevo ejemplos de los participantes que intentan explicar y dar peso a sus argumentos. En este caso destacamos dos ejemplos que consideramos nos pueden permitir entender las diferentes posturas.
Comienza con el primer ejemplo Miguel Ángel Hernández, Director del CENDEAC, explicando cómo sí es necesario conocer algo para sentirlo, motivo por el que el arte es concepto. Para ello habla de los distintos niveles de lectura ante una obra y pone de ejemplo El nacimiento de Venus de Botticelli. Un espectador que no conozca el mito de Venus y la carga simbólica que puede existir detrás de los elementos del cuadro no podrá ni entender ni sentir lo mismo que quien sí lo conoce y, por lo tanto, lo puede valorar.
A este ejemplo le responde Pedro Manzano, crítico de arte, enfocando el planteamiento desde el lado opuesto, y es que entonces dónde queda Shakespeare, uno de los grandes artistas de la historia y cuya obra sí llegaba a la masa y era entendida, aplaudida y valorada por el pueblo. Como respuesta, Miguel Ángel abre una nueva línea de discusión, argumentando que la novela, el teatro y la música a lo largo de la historia tenían la misma función que hoy, la de entretener. Sin embargo hasta el S. XVIII lo que la gente conocía no era arte, sino imagen religiosa y política que sí iba dirigida a la masa. Antes no había museos (el arte nunca interesó al pueblo), había dinero y religión; fue a finales del S. XVIII cuando nació esa idea de arte por deleite. Por eso, dice Miguel Ángel, no se debe confundir la ‘alta cultura’ con el ‘arte’. Esta frase se ve completada con la afirmación de Mª Ángeles Arroyo, profesora de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Murcia: si el arte lo llevas a cultura lo estás profanando.
Retomando, por otro lado, el eje central originario de éste café-tertulia que pone a debate la realidad de las vanguardias, encontramos de nuevo y como común denominador de esta jornada la subdivisión de los presentes en dos. Una línea, de nuevo diremos que liderada por Miguel Ángel, es la de refrendar que el arte no tiene por qué llegar a todos, y ahí se encuentra también el espíritu de las vanguardias. Explica para ello la diferencia entre vanguardia y kitsch, describiendo este último como un movimiento que dice lo que ya sabemos pero no crea, no avanza. Sin embargo, vanguardia es ir siempre por delante del pueblo. ¿Cómo va entonces el pueblo a entenderla? ¿Por qué debe entenderla? Quien dice que entiende el arte del pasado y que no entiende el de ahora es que no entiende ni el de antes ni el de ahora.
En este caso encontramos la postura enfrentada en la que, además de Pedro Adán, arquitecto que continúa con su defensa a ultranza de que el arte en sí no puede ser elitista, también se encuentra Javier Castro, quien afirma que la vanguardia mató al público porque es opresiva. ¿Éxito? El resultado de las ovaciones es peligroso…
Para cerrar, y volviendo al inicio del debate en el que el lenguaje y los códigos eran cuestionados como posible problema de comunicación entre artista y espectador, se discute la relevancia y el protagonismo del soporte teórico en el arte contemporáneo. Y es que si el arte ya no existe porque lo que existe es la teoría, los ‘grandes’ serían los teóricos, pero ¿y los artistas? Un artista debe ser antes que nada filósofo- apunta Mª Ángeles. Los grandes artistas son los grandes mentirosos- responde Lorena Amorós, profesora de Bellas Artes.
Quizá como conclusión final de este caf-tertulia encontramos la imposibilidad de un acuerdo ante tal diferencia de posturas. Pero quizá sí podamos destacar una frase en la que todos los asistentes estarían de acuerdo. Y es que, como dijo Pedro García, Delegado del diario La Opinión en Cartagena, quizá el arte actual refleja la falta de comunicación que hay en nuestra sociedad.




